Uno suele confiar
en la falsa creencia
de que es invencible, inmune
a las tragedias de la vida.
Pero lo cierto es que somos
frágiles, vulnerables
débiles pichones
victimas de una furiosa tempestad.
Y una vez que ha hecho su nido
en el lecho de muerte de nuestra esperanza,
la soledad se fortalece
e intrépida dentro de nosotros crece
engendrando como un hijo maldito
el Temor
que se alimenta de las dudas
las culpas, los remordimientos
los rencores
la sed de venganza
y los transforma en veneno
que vierte sobre nuestras venas
para destruirnos
lenta y dolorosamente.
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