Partir la tierra en dos,
escarbar con las manos
hasta romperse las uñas
para dejar en carne viva
sus raíces sanguinolentas.
Hacerle un tajo al cielo
con pulso de cirujano
para que caigan estrellas y planetas
como espesas gotas de sangre.
Deshilachar una nube,
coser la herida y
soplarla con paciencia
para que no arda.
Finalmente, abrazarlo, dormirlo,
darle un beso en la frente
velar por sus sueños
y pedirle perdón.
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